Por las riveras del Bravo, cuánto corrido se ha escrito, por Tamaulipas y Texas, cómo hay hombres con delitos... eso han dicho toda la noche los pinchis Cadetes de Linares, que no se cansan de cantar en mi grabadora. Pero a mí me está entrando güeva de ir chambear. Por algo dicen que el trabajo es algo tan desagradable que hasta pagan por hacerlo. De no ser así, las oficinas estarían vacías todos los lunes. Menos, si se llevan algunas cervezas entre pecho y espalda. Sin embargo, debo hacerlo. Porque no estoy como para un descuento, para otro día de jarra, ni para ver las caras largas de mis jefes en el periódico donde trabajo.
Una cerveza en ayunas es similar a comer All-Bran con agua mineral: hidrata sin sabor, provoca ligeras nauseas y además, no nutre. El inconveniente viene cuando no es una, sino una tarde y una noche ingiriendo cerveza. Toda esa placidez que proporciona el alcohol durante la noche, se evapora y comienzan las complicaciones: se calienta el rostro y las manos; el cuerpo hormiguea y los párpados se dilatan. Pareciera que en cuestión de minutos, la parranda de los demás es transmitida como por ósmosis al cuerpo. Observo el reloj, sé que ya va siendo hora de irme al periódico, pero la embriaguez no se ha ido, por el contrario ha abierto la puerta a otros demonios.
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Mi trabajo en el periódico es esclavizante, mal pagado, tedioso y lleno de riesgos. Una sola de esas razones sería suficiente para abandonarlo y dedicarse a la pesca de esturión. Sin embargo, el amor al periodismo es el que te permite no ver esos pequeños detalles y si los llegas a percibir, los amas. La verdadera razón para admirar a los periodistas debería ser su capacidad para aguantar tantos años en esta vaina. Llego a la oficina. Una vez adentro, es como estar encerrado en una jaula con bestias de toda índole. Esta ciudad ha reclutado en mi trabajo toda clase de especímenes. Y es que mis compañeros son todo un mosaico de las perversiones humanas. Uno de ellos gusta de filmarse mientras coge con su conquista en turno; posee una variada colección de videos en los sitios más inverosímiles, desde el cuartucho de hotel donde las sábanas son más peligrosas que la vagina que penetra, hasta el pasillo de un condominio o algún parque sin mucho alumbrado. Sólo él sabe cómo diablos logra poner la cámara antes de empezar la cópula. Otro de los ejemplares que me acompaña en la oficina es un profesor universitario que mentalmente, apetece saborearse a sus alumnas mientras les imparte clase por la mañana. Aunque sé que no le dirá nada a ninguna de sus ensalivables pupilas, para él será suficiente con imaginarlas y describirlas una y otra vez. Seguramente son la inspiración de sus masturbaciones o el motivo suficiente para que un día de estos se anime a violar a una de ellas. No falta aquel que sólo necesita un pretexto para beber todos los días, a cualquier hora, en todo lugar y bajo cualquier circunstancia. Como la cerveza no falta en su cubículo, es frecuente escuchar el estruendo de las botellas vacías cuando caen al suelo porque alguien dio un mal paso en esa área. También tengo el compañero homosexual orgulloso de su condición. No es que tenga algo contra los gays. O mejor dicho sí: quisieran que todo mundo se enterara de su preferencia sexual; como si fuera la gran chingadera. Es decir, a nadie le interesarán mis filias ni mis perversiones sexuales. Son muy mías, y punto. Entonces ¿qué tiene de interesante que a este canijo le guste la verga? Y lo que es peor ¿a quién le podría interesar? Total, es muy su culo.
Infaltable, la morra que acusa de putas a todas las mujeres del mundo, menos a sus amigas y a su mamá. Las demás, sean del color que sean, provengan de dónde provengan, vayan a dónde vayan y anden con quién anden, "son una bola de prostitutas que sólo andan buscando hombre". Punto menos que inútil, pedirle su opinión sobre alguna muchacha con miras a una relación. "¿Cómo, vas a andar con fulanita si es una zorra?"; "¿Te gusta la perra de sutanita?", son frases que he escuchado –y escuchará cualquiera que esté a 20 metros a la redonda– más de 40 veces.
La chismosa del teléfono que sabe con exactitud qué pasa con la vida de cada uno de los trabajadores; el infeliz que siempre anda pidiendo prestado; la que te ofrece por catálogo hasta células madre y Beto, una especie de laboratorio ambulante que siempre tendrá la droga para la ocasión. Todos ellos tampoco faltan en mi oficina. Por eso este sitio es como un vaso de licuadora lleno de bestias. Y está a punto de empezar a licuarse.
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A las 12 del día hay una junta de información, en la cual, se seleccionan las notas que irán en primera plana, contraportada, interiores o la papelera de reciclaje. Esta clasificación se hace con base a unos avances que envían los reporteros. Cabe mencionar que esta reunión suele propiciar inusuales discusiones que harían palidecer a cualquier parlamento.
Pero yo estoy ebrio. Cuando veo la hoja con los avances, sólo veo símbolos floreados de tinta negra que esperan que los asimile. Mi mente está en otra parte. Está en algún bar cercano, conversando con mis amigos, comiendo algo de botana y bebiendo cerveza fría. A esta hora, o mejor dicho, a cualquier hora se puede encontrar alcohol en cualquier ciudad del país. Pienso que podría funcionar como promotor de alguna fábrica cervecera. O incluso, como guionista de sus comerciales. Pero eso no es real. Lo que verdaderamente existe es mi estado etílico en horas de trabajo. Eso es peligroso. No porque vayan a despedirme –que en realidad me importa muy poco; pues siempre habrá un periódico en alguna parte del planeta que sabrá recibirte–, sino por lo que pueda hacer.
Necesito un aliviane. Algo que aclare las marejadas de ebrias ideas que dan vuelta en mi cerebro. Hago un repaso rápido de quién podría ayudarme en estas circunstancias. Hurgo en mi archivo mental de conocidos. En menos de minuto y medio encuentro la solución: claro, basta ir con Beto, él siempre trae droga consigo. Cual pescador cargado de cebos para ver quién pica tal o cual anzuelo.
Yo pico el de la cocaína. Son las 11 y media de la mañana.
Además de lo amargo en la garganta, una mirada de gallo de pelea, la intermitente rechinadera de dientes y una presión arterial que ni mandada hacer para un infarto, la cocaína me mantiene atento a las decenas de pláticas que escucho a mi alrededor, a todo el ruido que puede generar la oficina del periódico, que para esta hora de la mañana es como un panal de abejas, pero en vez de miel, hay bullicio: teclazos, llamadas telefónicas, gritos, risas, tacones, música de todo tipo, timbres de celulares. Ruido. Mucho Ruido.
Tras dos esnifadas abundantes, siento los pequeños cristales lijar mi tabique nasal, hundirse en mi carne y mezclarse con mi torrente sanguíneo. El demonio blanco nace desde el centro del cráneo. Es como si el polvo entrara en la cabeza y una vez dentro, lo hiciera explotar como palomitas de maíz. Luego viene un halo de energía que se disipa por mis venas, quiere salirse por mis ojos y la boca, la cual aprieto para dejarlo ahí dentro. Voy al baño, me lavo los dientes. Me meto una grapa, luego otra. Mojo mi cara y me miro al espejo. No soy yo. Soy uno de mis tantos yos que emergen tras la ingesta de alguna droga. Para combatir la carraspera me preparo un café cargado, el cual dispara mi ritmo cardiaco a velocidades insospechadas. Siento la fuerza de cada latido en las sienes. En los dedos de los pies. En el cabello. Decenas de ideas revolotean como pichones entre mi mente y mi boca. Un red bull refresca mi presión sanguínea, antes de elevarla aún más. Así entro a la sala de juntas y no sé cómo salgo.
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De lo poco que recuerdo es que las siguientes seis horas las viví en un santiamén. Pareciera que mis recuerdos fueron grabados en Forward. Me veo frente a mi computadora, tecleando rabiosamente frases que no alcanzo a distinguir. Hablo, pero sólo escucho un sonido típico de ardilla de televisión. Durante todo ese lapso parece que mis glándulas sudoríparas comieron una pastilla de menta. A esto le llamo vivir deprisa. Apurar la muerte. Durante 6 horas viví en una realidad paralela, rapidísima e inentendible.
No recuerdo qué hice, ni cómo. Lo único cierto es que estoy despedido por haberme comido la R de la palabra "prelados" en la nota de ocho columnas. También cambié dos fotografías que se publicaron sin pie de foto. Además de esto, un luchador me demandó por haberlo bautizado como "el príncipe de loro y playa", cuando en realidad era, de oro y plata.
La cocaína que me vendió Beto, era pura, sin rebajar; "pura pluma de garza carnal, por eso te pusiste bien locote", se justificó. Pero eso ya no importa, lo único es que ahora estoy despedido. Habrá que adelantar mi vida hasta que tenga trabajo. Marco al número de Beto. Dos grapas serán buenas para empezar.
Paul Medrano
Creo que lo despidieron...